Hay montañas que han entrado en el imaginario colectivo, Montserrat, Núria, el Canigó, y otras que, a pesar de tener la misma fuerza simbólica, han quedado en medio de un silencio casi reverencial. Sant Llorenç del Munt i l’Obac es una de estas joyas discretas: una sierra de cimas redondeadas, monolitos rojizos y canales salvajes que envuelven al visitante con una espiritualidad profunda e intacta.
A solo una hora de Barcelona, el macizo se alza como una fortaleza natural. En la cima, dominando la llanura, descansa el monasterio románico de Sant Llorenç del Munt, una construcción del siglo XI que parece suspendida entre el cielo y la piedra. Los primeros ermitaños que llegaron hace más de mil años ya entendieron que este era un lugar especial: un espacio donde la quietud se vuelve tangible y el viento habla un lenguaje antiguo.
Una montaña de monolitos y leyendas
El paisaje está hecho de conglomerado rojo, modelado durante millones de años hasta convertirse en agujas, morrales y acantilados que parecen esculturas colosales. Entre todos los accidentes geológicos, destaca el Morral del Drac, un majestuoso monolito que inspira una de las leyendas más antiguas del macizo: la historia de un dragón que aterrorizaba la comarca hasta que un valiente conde lo derrotó a la luz de un atardecer rojizo.
Estas formas abruptas son perfectas para perderse en caminos sinuosos que conducen a rincones sorprendentes: pequeñas cuevas, canales escondidos, cuevas excavadas que durante siglos sirvieron de vivienda. Las balmes dels Òbits, por ejemplo, aún conservan su estructura tradicional, con paredes de piedra seca y una balsa picada en roca que recogía el agua filtrada.
La Mola: una cima con vistas del país

Coronar La Mola, el punto más alto del macizo, es una experiencia imborrable. El camino de los Monjes, una de las rutas más clásicas, serpentea entre bosques, senderos y miradores naturales hasta llegar a la cima, donde el antiguo monasterio románico se abre a un panorama total: el mar Mediterráneo, las montañas del Berguedà, el Pirineo nevado y la silueta inconfundible de Montserrat.
Los días claros, la sensación es la de estar observando toda Cataluña en un solo giro de cabeza.
Valles escondidos, pueblos de piedra y silencios que curan
A los pies de la sierra se encuentran pueblos encantadores como Mura, Talamanca y Rocafort, cada uno con su ritmo pausado y la huella medieval aún presente en calles, fuentes e iglesias románicas. Aquí la piedra no es solo arquitectura: es memoria.
Uno de los rincones más especiales es el valle de Horta, un mosaico de masías antiguas, prados y bosques que encapsula la esencia del parque. Entre los árboles se esconde el Marquet de les Roques, una casa modernista reformada por Juli Batllevell y convertida durante décadas en refugio intelectual.
Rutas que conectan naturaleza, historia y espiritualidad
El parque ofrece itinerarios de todos los niveles: desde caminatas suaves hasta ascensos exigentes por canales estrechos. Una de las más sorprendentes es la que lleva a la ermita de Santa Agnès, una cueva-ermita encajada en uno de los lugares más salvajes del macizo. Las pilas naturales de la cueva, llenas de agua de filtración, son una pequeña maravilla geológica y espiritual.
Cada paso dentro del parque es una lección silenciosa: cómo la piedra se transforma, cómo el bosque recupera lo que un día fue cultivado, cómo la naturaleza mantiene su ritmo a pesar del ruido del mundo.
La montaña que espera ser redescubierta
Sant Llorenç del Munt i l’Obac no tiene la fama de Montserrat ni el magnetismo popular de Núria, pero guarda un tesoro diferente: la capacidad de ofrecer paz, inmensidad y silencio sin multitudes. Es un lugar que no busca protagonismo, pero que recompensa con creces a quien entra con curiosidad.
Quizás, en el fondo, es eso lo que la hace tan sagrada: la sensación de que la montaña te habla solo cuando estás dispuesto a escucharla. ¿Te atreves?

