Hay lugares en Cataluña que parecen suspendidos entre siglos, sitios donde la historia ha quedado tan quieta que casi se puede escuchar. Uno de estos es Mur, un núcleo mínimo del Pallars Jussà donde, oficialmente, solo vive un vecino. En medio de este silencio absoluto, se alzan dos monumentos extraordinariamente bien conservados: un castillo de frontera y un monasterio románico que comparten un origen común y que forman uno de los conjuntos medievales más fascinantes del país.
La Sierra del Montsec, que separa la Cuenca de Tremp del Pirineo, es el escenario de este paisaje antiguo. Aquí, dos edificios separados por solo cien metros parecen conversar entre ellos: el Castillo de Mur y el monasterio de Santa Maria de Mur. Dos testigos de piedra que han visto pasar condes, guerras, fronteras y, finalmente, la práctica desaparición del pueblo que los rodeaba.
Un poblado que fue frontera y hoy es memoria
Hasta la década de 1970, Mur era un municipio independiente, pieza clave en el engranaje fronterizo de los condes de Pallars Jussà. Era un territorio de estrategia militar, de vigilancia constante y de dominio visual privilegiado sobre la Cuenca de Tremp, el pantano de Terradets y todo el Montsec. Hoy, el pueblo permanece prácticamente vacío, pero los dos monumentos continúan en pie, inmóviles ante el viento que atraviesa las aspilleras del castillo.

El Castillo de Mur: la fuerza de la frontera
El Castillo de Mur es un modelo canónico de la arquitectura militar catalana del siglo XI. Construido sobre un espolón rocoso, aprovecha cada metro del relieve para convertirse en una fortaleza inexpugnable. Su planta ligeramente triangular y el recinto amurallado compacto revelan la función defensiva por la cual fue levantado.
Su elemento más icónico es la torre maestra circular, que se alza hasta los 16 metros de altura como un faro medieval sobre el precipicio. Desde aquí, las tropas podían detectar cualquier movimiento procedente de la llanura. Hoy, en cambio, quien observa es el visitante, que puede recorrer el perímetro e imaginar cómo debía ser resistir un asedio en este enclave solitario.
Santa Maria de Mur: un monasterio que mantiene la esencia del siglo XI
A solo cien metros del castillo encontramos el otro tesoro: el monasterio de Santa Maria de Mur, fundado en 1069 por los mismos condes. Fue concebido como una colegiata agustiniana y, según indican las fuentes, también como panteón de la familia condal.
Lo más excepcional es que conserva intacta su estructura original: la iglesia, el claustro y las dependencias monásticas. El interior obliga literalmente a caminar pendiente arriba hacia el altar. Y aunque los frescos originales, con el Pantocrátor y los evangelistas, se conservan en el MNAC, el templo muestra una reproducción fiel mediante una técnica moderna de impresión que restituye su esplendor.
Un conjunto románico único en Cataluña
Castillo y monasterio formaban parte de un mismo universo defensivo y espiritual, compartiendo murallas e historia. Hoy, este díptico románico es considerado uno de los conjuntos patrimoniales más singulares de Cataluña, tanto por su autenticidad como por su integración en el paisaje abrupto del Montsec.
En breve iniciarán nuevas obras de restauración que permitirán preservar el conjunto durante generaciones. A pesar de que el pueblo casi ha desaparecido, el legado medieval continúa vivo, reforzado por el atractivo natural del pantano de Terradets y el Geoparc Orígens, que completan una experiencia cultural y paisajística de alto nivel.
Mur es hoy un lugar para contemplar el paso del tiempo: un pueblo con un solo habitante, pero con dos monumentos que parecen contener toda la memoria del Pallars.
