Japón se ha convertido en el destino soñado. En 2025, el país pulverizó todos los récords con 42,7 millones de turistas, atraídos por una cultura fascinante, el manga y un yen más asequible que nunca. Pero cuidado: cruzar el mundo implica mucho más que cambiar de idioma.
En Cataluña somos gente abierta, agradecida y nos gusta recompensar el buen servicio. Sin embargo, hay un gesto que hacemos casi sin pensar en nuestros bares y restaurantes y que, en el país del sol naciente, te puede hacer quedar como una persona profundamente grosera.
La trampa de la buena educación catalana
Imagina la situación: acabas de cenar un ramen espectacular en Tokio. El servicio ha sido impecable, rápido y amable. Tu instinto catalán te empuja a hacer lo de siempre: dejar unas monedas sobre la mesa o redondear la cuenta. Detente inmediatamente.
Mientras que en casa nuestra dejar propina es una señal de satisfacción y generosidad, en Japón es prácticamente un insulto directo. Ellos tienen un concepto llamado omotenashi (hospitalidad de todo corazón), que implica que el servicio excelente ya está incluido en el precio. Intentar dar dinero extra se suele interpretar como un gesto de superioridad o, peor aún, como si pensaras que el negocio no paga lo suficientemente bien a sus empleados.
No es raro ver camareros japoneses saliendo corriendo del restaurante para perseguir a un turista y devolverle las monedas que ha dejado en la mesa, pensando que ha sido un descuido. La escena puede ser realmente violenta para ellos.
El silencio es sagrado (y obligatorio)
Si te mueves por el metro de Tokio o Osaka, notarás algo que en Barcelona nos parecería un milagro: el silencio absoluto. En Cataluña estamos acostumbrados a hablar por teléfono en el tren o a charlar con los amigos con un volumen considerable. En Japón, esto es la definición de mala educación.
La etiqueta nipona exige no hablar por teléfono y mantener las conversaciones en un murmullo casi imperceptible para no invadir el espacio sonoro de los demás. El respeto por el colectivo pasa siempre por delante de tu comodidad individual.
El único «oasis» donde estas reglas se relajan un poco es el Shinkansen o tren bala. Allí sí es tradición comer los famosos ekiben (cajas de comida regionales), pero incluso en este caso, el silencio sigue siendo la norma de oro.
Comer en la calle: el pecado del «take away»
Somos la generación del café en la mano y del bocadillo mientras caminamos para llegar a tiempo al trabajo. Si intentas hacer esto en una ciudad japonesa, notarás las miradas de desaprobación. Comer en movimiento es un gesto que se debe evitar.
La norma es clara: si compras comida en un puesto de calle o en un konbini (tienda de conveniencia), debes detenerte a comerla allí mismo o llevarla a casa. Caminar y masticar al mismo tiempo se considera poco elegante y sucio.
Además, la gestión de la basura es una cuestión de honor. No encontrarás papeleras por la calle, pero las ciudades están impecables. El secreto? Cada japonés guarda sus residuos en la bolsa y los tira al llegar a casa. La limpieza se lleva en los genes.
Nuevas reglas para 2026
Ante la avalancha de visitantes, Japón ha decidido poner orden. El Ministerio de Turismo ya ha anunciado un plan contra el turismo masivo que incluye la reducción de tráfico en zonas locales y, sobre todo, la implementación del permiso JESTA en 2028, un sistema de autorización electrónica para viajar.
El objetivo es «equilibrar» la vida de los residentes con el deseo de los turistas de conocer el país. Por eso, conocer estos pequeños detalles de protocolo no solo te ahorrará un disgusto, sino que te convertirá en un «buen invitado» en un país que adora las formas.
Este verano, cuando estés en Japón y sientas el impulso de dejar esos dos euros de propina, recuerda: guárdalos. El mejor agradecimiento que puedes ofrecer es una ligera sonrisa y una inclinación de cabeza. Esto vale mucho más que cualquier moneda.
¿Te imaginas aplicar este silencio o la prohibición de las propinas en Cataluña, o somos demasiado amantes de nuestro bullicio mediterráneo?
