Amb curiositat
Un detector a 200 metros bajo el hielo confirma un fenómeno de la Guerra Fría

Durante años, el silencio de la Antártida ha guardado un secreto que tenía a la comunidad científica internacional sin descanso. Unos extraños señales de radio, emitidos directamente desde las profundidades del hielo más remoto del planeta, parecían no tener explicación lógica.

Seguramente tú también has pensado en teorías dignas de una película de ciencia ficción. (Sí, nosotros también imaginamos civilizaciones ocultas o tecnología alienígena bajo el permafrost). Pero la realidad, como suele pasar, es mucho más fascinante y tiene que ver con la física de partículas más pura.

Un equipo de investigadores que opera el Askaryan Radio Array (ARA) acaba de publicar la respuesta definitiva en la prestigiosa revista Physical Review Letters. Han confirmado, por primera vez en un entorno natural, un fenómeno que se predijo hace más de seis décadas y que podría cambiar lo que sabemos del universo.

El fantasma de la Guerra Fría que vive bajo tus pies

Debemos viajar mentalmente a los años sesenta. En plena tensión mundial, el físico Gurgen Askaryan lanzó una hipótesis que sonaba a locura: las partículas de alta energía, al atravesar materiales muy densos, generarían ondas de radio. Es lo que hoy llamamos radiación de Askaryan.

El problema es que detectar esto en la naturaleza era como buscar una aguja en un pajar del tamaño de un continente. La Antártida ofrece las condiciones teóricas ideales, pero el ruido electromagnético de nuestra propia tecnología solía tapar estas señales tan débiles del cosmos.

Esta radiación es una especie de «fuegos artificiales» subterráneos e invisibles para el ojo humano. Se produce cuando los rayos cósmicos chocan contra los átomos del hielo y generan una lluvia secundaria de electrones que emite un pulso de radio detectable por antenas especializadas.

Para lograr esta captura histórica, los ingenieros han tenido que enterrar antenas de radio a profundidades de hasta 200 metros bajo la capa de hielo. Es, literalmente, un telescopio que mira hacia abajo en lugar de hacia arriba, buscando los secretos que llegan desde el espacio profundo.

¿Cómo saben que no es una interferencia humana?

Los científicos analizaron datos de más de 200 días de observación realizados durante el año 2019. Descartaron una a una todas las opciones lógicas: no era el ruido térmico del equipo, no eran las comunicaciones de la cercana estación Amundsen-Scott y tampoco eran aviones sobrevolando la zona.

Lo que registraron las antenas del ARA fue una firma física exacta. La polarización del campo eléctrico, la tasa de eventos y el contenido espectral coincidían milimétricamente con lo que Askaryan predijo en su pizarra hace 60 años. (La ciencia a veces tarda, pero siempre acaba poniendo las cosas en su lugar).

Estos eventos son el resultado de partículas de muy alta energía impactando contra la superficie. Al penetrar el hielo, crean esta cascada de partículas cargadas negativamente que nosotros, gracias a la tecnología del siglo XXI, hemos podido «escuchar» por primera vez en un medio natural.

La puerta a los mayores secretos del universo violento

Quizás te estás preguntando: «¿Y a nosotros en qué nos afecta esto?». Pues bien, este descubrimiento es la llave inglesa para abrir la cerradura de los eventos más violentos del cosmos, como las explosiones de supernovas o la actividad frenética de los agujeros negros activos.

El objetivo final del proyecto no son solo los rayos cósmicos, sino los neutrinos cósmicos. Estas partículas son tan escurridizas que pueden atravesar planetas enteros sin tocar nada. Son los mensajeros perfectos para contarnos qué pasa al otro lado del universo sin que la información se pierda por el camino.

Gracias a la confirmación de la radiación de Askaryan, ahora los científicos saben diferenciar entre un simple rayo cósmico y un neutrino profundo. Los rayos entran casi en horizontal y se quedan en la superficie, mientras que los neutrinos interactúan a mucha más profundidad en ángulos verticales.

Los expertos calculan que en los próximos años el detector ARA captará más de una docena de eventos similares atribuibles a neutrinos. Esto cambiará para siempre nuestra forma de entender la astrofísica moderna sin necesidad de mirar directamente a las estrellas con telescopios ópticos convencionales.

Un salto gigante para la ciencia actual

Este hallazgo es una validación total para proyectos como ANITA (la misión de la NASA con globos sobre la Antártida) y para toda la infraestructura científica que se mantiene en el continente blanco. La física de partículas acaba de demostrar que el hielo es el mejor laboratorio del mundo si sabes dónde poner la oreja.

Saber que hemos sido capaces de confirmar una teoría de la Guerra Fría usando antenas enterradas en el lugar más inhóspito de la Tierra es, sencillamente, brillante. Nos recuerda que aún quedan misterios por resolver bajo nuestros propios pies que nos conectan con lo más lejano del cielo.

La próxima vez que pienses en la Antártida, ya no la verás solo como un bloque de hielo y pingüinos. Ahora sabes que es una pantalla gigante donde el universo escribe sus mensajes más secretos en forma de ondas de radio invisibles pero llenas de datos.

¿Quién nos iba a decir que la solución a un enigma de hace más de medio siglo estaba escondida a 200 metros de profundidad en el Polo Sur? El universo siempre guarda un as bajo la manga para dejarnos boquiabiertos y esta vez ha sido una jugada maestra.

Estate atento, porque este es solo el principio de una nueva era en la detección de partículas espaciales. El hielo ha comenzado a hablar y lo que tiene que decirnos sobre los agujeros negros nos dejará helados. ¿Te imaginas poder «ver» el centro de una galaxia lejana gracias a un cubo de hielo gigante?

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