En Madrid (casi) todo queda para después de las elecciones catalanas

Contra viento y marea, el Gobierno de Pedro Sánchez ha logrado ya de hecho, a salvo del último pleno del año, aprobar sus Presupuestos, cimentados junto con Unidas Podemos, Esquerra Republicana de Catalunya, Bildu y formaciones menores. Pese al abultado número de los apoyos, 187, la verdad es que sin duda han sido las cuentas más complicadamente elaboradas, gestionadas y debatidas en toda la Historia. Pero en fin, superado, pues, este obstáculo, solo queda todo lo demás. Y da la impresión de que ese concepto, ‘todo lo demás’, empezará a acelerarse  tras unas vacaciones navideñas que probablemente serán las más difíciles, quizá tristes, de nuestras vidas.

Gentes próximas al Gobierno central sugieren que Pedro Sánchez (y Pablo Iglesias, por supuesto) toman como referencia las elecciones catalanas para lo que dicen que será el “acelerón definitivo” en la Legislatura que el Ejecutivo pretende prolongar hasta 2023 o, incluso, hasta 2024. Para entonces “será mucho lo que habrá cambiado”, te dicen…si es que les salen bien los cálculos, naturalmente.

Y es que, bueno, esa es, al menos, la hoja de ruta oficialmente esgrimida en ámbitos monclovitas, según quienes frecuentan tales ámbitos. Personalmente, creo en las inevitables turbulencias. La inestable relación política y personal entre Sánchez e Iglesias, que les lleva a discrepar inicialmente en casi todo, aunque luego se pongan más o menos de acuerdo en la mayor parte de ese ‘casi todo’, puede ser el detonante de algún movimiento ‘post presupuestario’.

No son solamente los círculos de la oposición los que creen que, una vez aseguradas las cuentas del Estado y encauzada la futura llegada de los fondos europeos, la difícil relación interna en el Gobierno habrá de encauzarse por parte de Pedro Sánchez. Y a saber lo que quieren decir las fuentes con eso de ‘encauzarse’; personalmente, no puedo descartar una remodelación del Gobierno –más bien ‘blanda’– coincidiendo aproximadamente con el primer aniversario de la formación de este Ejecutivo de coalición, que cae a mediados de enero.

Lo cual es antes, por tanto, ya digo, del 14 de febrero, es decir, de las elecciones catalanas. Para entonces, Pedro Sánchez e Iglesias quieren haber dirimido sus diferencias sobre la reforma del poder judicial, sobre los desahucios, sobre el plazo de prolongación de los ERTE, sobre qué hacer con los ‘presos del procés’ y hasta sobre cómo tratar a la figura del jefe del Estado. Y esto último, mientras en La Zarzuela se interrogan hasta sobre cómo ha de enfocarse el mensaje navideño de Felipe VI, cuando probablemente su padre, Juan Carlos I, ni siquiera pueda pasar la Navidad en España. Se palpa el desconcierto en ambientes del palacio real.

Vemos así que estamos ante la tormenta perfecta. O casi. Las elecciones catalanas son, para la mayor parte de los observadores y, desde luego, tanto para el Gobierno como para todos los grupos de la oposición, parte de esta tormenta. En función de los resultados –bastante previsibles, por lo demás—de esas elecciones y, por tanto, en función de cómo se forme el próximo Govern –hoy por hoy, en cambio, cuestión ciertamente imprevisible: casi todos niegan la formación de un tripartito, aunque eso parezca lo más probable– , en Madrid se diseñará una u otra red de alianzas o de rencillas entre las fuerzas políticas. Sí, me refiero a todas ellas, no solamente a las que apoyan al Gobierno central, sino también a la propia oposición. Porque, por ejemplo, si Ciudadanos obtiene los pésimos resultados que le auguran las encuestas en Catalunya, el Partido Popular tendrá más cercano su objetivo de absorber a los ‘naranjas’, con la propia Inés Arrimadas al frente.

Cierto: Sánchez ha logrado un gran paso al hacer aprobar los Presupuestos. Ha diseñado un cuadro de posibles pactos –que se juzgan bastante inestables, por lo demás—con Esquerra y con Bildu. El cree, y los suyos lo dicen, que pasará muchos años en el poder. Ahora, como digo, le queda todo lo demás. Y cuando digo todo, quiero decir todo. Es decir, que casi cualquier cosa puede ocurrir tras estas Navidades celebradas con hartazgo general. Y con el miedo al futuro metido en nuestro cuerpo.

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