L'escapadeta
Los castillos del vino del Bages: una ruta entre montañas y paisajes sorprendentes

Hay caminos que comienzan casi en un murmullo, como si el bosque quisiera comprobar primero nuestra paciencia. La luz se filtra entre los pinos, la tierra respira húmeda y el silencio tiene esa textura antigua que solo aparece en ciertos rincones de montaña. No sabes aún qué encontrarás, pero algo en el aire sugiere que este trayecto guarda memoria.

Entre la quietud de los bosques y el eco de un antiguo viñedo de montaña, un camino revela las huellas de un pasado que aún respira.

Un mosaico de senderos que cuentan otra época

Cuando avanzas por las primeras curvas de la sierra, el paisaje se presenta con una humildad que desconcierta. No hay grandes declaraciones, solo una combinación de luz y piedra que prepara el relato. Estamos cerca del Parc Natural de Sant Llorenç del Munt i l’Obac, un espacio que muchos identifican con cimas emblemáticas como La Mola pero que, hacia el norte, abre la puerta a un territorio menos previsible.

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Es en este paso discreto hacia el Bages donde el caminante descubre una historia inesperada: un legado vinícola que, durante siglos, modeló montañas, comunidades y modos de vida. La sorpresa llega cuando entiendes que aquí, donde hoy solo se oyen pájaros y brisa, hubo más de 27,000 hectáreas dedicadas a la viña y a la producción de aguardiente.

El momento en que la viña subió a la montaña

A mediados del siglo XIX, entre 1860 y 1890, este paisaje vivía su apogeo vitivinícola. Los campesinos cultivaban viñas en pendientes tan pronunciadas que transportar la vendimia hasta el pueblo se convertía en una odisea diaria. Había que encontrar una solución práctica y, sobre todo, inmediata.

La respuesta fue tan sencilla como brillante: construir pequeñas chozas de piedra al lado de las viñas y, en su interior, unas tinas donde prensar y fermentar la uva directamente en el lugar de la cosecha. De esta manera nacieron las tinas de la Vall del Flequer, unas estructuras que no solo facilitaban el trabajo, sino que acabarían definiendo el paisaje para siempre.

Aquellas tinas, recubiertas de sillares de piedra e impermeabilizadas con baldosas cerámicas, son hoy un libro abierto sobre la forma en que se producía el vino en la montaña. Distribuidas en pequeños grupos a lo largo del valle, forman un mosaico arquitectónico sorprendente.

El camino que sigue la huella de los antiguos vinateros

El itinerario se inicia en el Pont de Vilomara, punto donde antiguamente llegaba el producto una vez fermentado. Hoy, el sendero sale casi en las afueras, cerca de la carretera BV-1224, y está perfectamente indicado. No hay prisa; el camino tiene ese ritmo natural que acompaña y deja espacio para observar.

Pont de Vilomara

Los primeros vestigios visibles son las Tines del Bleda, un conjunto de dos estructuras cilíndricas con sus correspondientes chozas. Aún escondidas entre pinos y encinas, sorprenden por su solidez y por la presencia del brescat, esa plataforma de madera donde los campesinos pisaban la uva antes de que cayera al interior de la tina. Dentro, una cuerda aún recuerda el gesto repetido de quien se sujetaba mientras hacía el trabajo.

Entre chozas, senderos y memoria de piedra

A medida que avanzas, el camino va revelando otras construcciones: las chozas de viña, pequeñas joyas de piedra seca que ofrecían refugio, sombra y un lugar para guardar herramientas. Algunas, circulares; otras, rectangulares o dobles, con espacio suficiente incluso para hacer fuego o pasar la noche.

Un poco más adelante se alzan las Tines de les Tosques, cuatro grandes tinas que imponen por su volumen. Aquí aparecen los boixes, unas piedras perforadas que conectaban con el interior y servían para facilitar el vaciado del mosto. Un detalle técnico antiguo, pero sorprendentemente eficiente.

El corazón del valle y sus “castillos del vino”

Cuando el sendero comienza a planear, el paisaje se abre y emergen las Tines de l’Escudelleta, posiblemente el conjunto más impresionante. Doce tinas agrupadas, cada una perteneciente a un propietario diferente pero construidas conjuntamente para compartir esfuerzos y reducir costos. Dentro, aún reposan restos de prensas y herramientas que explican un proceso hoy olvidado.

Más abajo, ya próximas al torrente, casi siempre seco, aparecen las Tines d’en Ricardo, seis tinas circulares que cierran el recorrido. El interior, recubierto igualmente de baldosas cerámicas, recuerda la precisión con que se trabajaba un producto que era mucho más que economía: era comunidad, tiempo e identidad.

Lo que queda después del silencio

La filoxera, a finales del siglo XIX, deshizo prácticamente todo este mundo. La viña retrocedió y las tinas quedaron en desuso. Después vendrían los incendios, más de uno, que arrasarían parte de la vegetación. Pero las construcciones resistieron con una tozudez admirable, como si la piedra fuera capaz de recordar por nosotros.

Desde 2018, este conjunto está reconocido como Patrimonio Inmaterial de la Unesco. Y, a pesar de ello, sigue siendo un espacio abierto, gratuito y tranquilo, donde la naturaleza ha vuelto a arraigar hasta coronar algunas tinas con un verde inesperado.

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Llegar hoy, caminar ahora

Desde Manresa, se llega en media hora por la C-55 y la BV-1225 hasta el Pont de Vilomara, y desde allí por la BV-1224 hasta el aparcamiento de Ca n’Oristrell. El recorrido completo no supera las dos horas de senderismo suave, de ese que permite escuchar el paisaje más que recorrerlo.

Quien venga de Barcelona tiene aproximadamente una hora y cuarto de camino por la C-16 o la C-58. Un trayecto corto que, sin embargo, conduce a uno de los testimonios más fascinantes de la cultura vinícola catalana.

Y mientras el sendero se cierra de nuevo entre pinos, queda esa sensación difícil de explicar: la de haber caminado por un espacio que ha perdurado a pesar de todo. Como si estos castillos del vino, silenciosos y firmes, hubieran encontrado la manera de seguir contando su historia a quien tenga ganas de detenerse.

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