L'escapadeta
La piscina termal poco conocida a solo 40 minutos de Girona: se puede disfrutar sin pagar entrada y tiene espacios para hacer barbacoas

Primero llega el olor. Un perfume suave pero distintivo, que se esparce antes de que puedas ver rastro de agua. Es uno de esos olores que delatan que lo que tienes delante no es un arroyo cualquiera, sino un lugar donde la tierra habla, respira y brota.

A medida que avanzas, el bosque se hace más denso, la humedad se sube por la piel y el ruido del arroyo te guía. Es un lugar sencillo, discreto, incluso tímido, pero cargado de una historia que ha hecho de este pequeño rincón una especie de refugio natural.

Un manantial que no ha dejado de brotar

No todas las aguas termales se esconden tras entradas de balneario o tiques de acceso. Algunas, como esta, brotan libres a 28,5 grados, humean en invierno y regalan a los visitantes un baño inesperado en medio del paisaje.

Este rincón del Alt Empordà ha sido, durante generaciones, un pequeño tesoro compartido. Sin grandes estructuras ni carteles llamativos, la piscina natural se ha ido formando a partir de una fuente que la gente conocía por el nombre y, sobre todo, por el aroma que la precedía.

Un lugar de encuentro que viene de lejos

A principios del siglo XX, cuando el termalismo vivía su momento de gloria, familias enteras pasaban aquí las tardes de verano. Había un banco y una mesa de piedra bajo un platanero, y unos antiguos lavaderos donde las mujeres lavaban la ropa con el agua caliente natural mientras los niños corrían entre piedras y espuma.

El manantial era parte del latido cotidiano del pueblo. Tanto, que en 1915 un vecino dejó en testamento una suma importante para construir allí un balneario. No se llegó a materializar, pero dice mucho de la consideración que se tenía por este lugar.

¿Por qué “Font Pudosa”?

La respuesta es directa: por el sulfuro de hidrógeno que contiene el agua, responsable de ese perfume suave y característico que anuncia el manantial antes de verlo. Es un agua carbonatada sódica, considerada mineromedicinal, y tradicionalmente se había recomendado para afecciones digestivas y cutáneas.

Pero ni siquiera la fama de estos beneficios la salvó del declive. A partir de los años sesenta, con el boom de la costa, la zona quedó cada vez más olvidada. La degradación fue lenta pero evidente, hasta que una riada, en 1993, arrasó buena parte de la fuente y la vegetación que la rodeaba.

El renacimiento de un espacio natural

El interés por el patrimonio natural y las aguas termales abrió, a finales del siglo XX, un camino de recuperación. El municipio inició un proceso de protección del manantial, y la Universidad de Girona estudió sus propiedades, reforzando su valor terapéutico y cultural.

Entre 1999 y los primeros años 2000 se impulsaron actuaciones clave: una escollera para proteger el arroyo, la limpieza general del paraje y la reforma de los antiguos lavaderos. Uno de ellos se amplió para permitir que una persona pudiera estirarse y bañarse, dando lugar a la pequeña piscina termal actual.

En 2009, el BOE confirmó oficialmente lo que la gente sabía desde hacía siglos: las aguas de la Font Pudosa son mineromedicinales y termales.

Más que agua: una excusa para detenerse

La recuperación no solo devolvió dignidad al manantial; también dio vida al entorno. A pocos metros de allí, una zona de barbacoas municipales, reservable por tres euros, se ha convertido en un lugar ideal para pasar el día. El arroyo, lleno de peces y tortugas, añade un encanto inesperado a la visita.

Es el tipo de rincón que invita a quedarse: a llevar un libro, a mojarse los pies, a encender una barbacoa o a escuchar simplemente el movimiento constante del agua.

Cómo llegar

El acceso es sencillo. Desde la AP-7, solo hay que tomar la salida de Figueres Sud y continuar por la N-II en dirección a Figueres. Desde allí, una carretera local lleva a Sant Climent Sescebes. La fuente se encuentra en la vía hacia Roses: unos 300 metros después de un puente, a mano derecha, al lado del arroyo.

Desde Barcelona, el recorrido es el mismo, con un trayecto que se alarga hasta una hora y cuarenta y cinco minutos. En las inmediaciones hay espacio para estacionar y, tras una breve caminata por el sendero, se llega al manantial.

A veces, los mejores lugares son los que no se buscan, sino los que se anuncian con un olor que viene de lejos. Esta pequeña piscina termal, discreta y persistente, es un ejemplo perfecto.

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