L'escapadeta
El pueblo de Tarragona que cambió la mirada de Picasso y conserva su magia

A finales del siglo XIX, en un rincón de la Terra Alta donde el aire es limpio y la luz se torna dorada sobre la piedra, un joven artista descubrió que el mundo podía mirarse de otra manera. En este pueblo tranquilo, que todavía respira la esencia rural de hace cien años, Pablo Picasso encontró una revelación que marcaría para siempre su obra y su manera de entender el arte.

Lo que debía ser una simple estancia de reposo se convirtió en un despertar creativo. En Horta de Sant Joan, Picasso aprendió a escuchar la naturaleza, a diseccionar la luz, a ver formas donde otros solo veían montañas. Las dos estancias, 1898 y 1909, no solo lo recuperaron físicamente: le dieron una nueva mirada. Una manera de ver el mundo entre la sencillez y el infinito.

El descubrimiento de un joven enfermo y curioso

En 1898, un Picasso adolescente, exhausto y enfermo, aceptó la invitación de su amigo Manuel Pallarès para refugiarse en su pueblo natal. Nadie podía imaginar que aquel retiro en medio de campos y montañas se convertiría en una experiencia fundacional para el futuro genio del siglo XX.

Alejándose de Barcelona, el joven artista encontró en Horta una vida que no conocía: la del ritmo lento, del silencio que acompaña al viento, de la gente que aún vive en compás con la tierra. Se alojó en una casa modesta y ocupaba horas dibujando animales, campesinos, senderos y perfiles de montañas que le resultaban tan extraños como familiares.

Poco a poco, el paisaje fue habitándolo. Las piedras, la luz blanca, el olor de los olivos y la calma serena del pueblo se convirtieron en una nueva manera de ver. Años más tarde diría que allí comprendió que “el verdadero arte no está en los museos, sino en el alma de las cosas.”

El paisaje que le enseñó a mirar

Horta de Sant Joan es como un balcón abierto al cielo. Frente al pueblo, las imponentes Roques de Benet se alzan como monolitos que observan el tiempo. Su geometría natural, tan pura y contundente, cautivó a Picasso desde el primer instante.

Luz y piedra: esa fue su verdadera escuela. En la Terra Alta aprendió a simplificar el mundo en líneas, en volúmenes, en formas esenciales. Descubrió que la naturaleza podía ser abstracta, que la realidad tenía muchas capas, y que la luz podía convertir un paisaje en emoción pura. De ese aprendizaje brotaría, años después, la raíz del cubismo.

Picasso regresaría siempre con el recuerdo: “Todo lo que sé, lo he aprendido en Horta de Sant Joan.” Una afirmación que no era exagerada, sino un homenaje a la tierra que le dio una nueva mirada.

El regreso con Fernande Olivier y el nacimiento de una nueva mirada

En 1909, ahora ya un artista emergente, Picasso volvió a Horta, esta vez acompañado de Fernande Olivier. Regresaba no para curarse, sino para reencontrar las raíces creativas que lo habían transformado.

Aquel verano pintó de manera incesante. El paisaje que antes había observado con ojos de aprendiz, ahora lo descomponía con una precisión casi científica. Casas, campos y montañas se convirtieron en estructuras geométricas. La luz ya no era solo inspiración: era lenguaje.

Los vecinos aún lo recuerdan: Picasso caminaba solo al amanecer, buscando el ángulo, el contraste, la forma. Horta se convirtió en su laboratorio. Y de ese laboratorio surgiría el impulso definitivo del cubismo.

El pueblo que conserva intacta la huella de Picasso

Hoy, más de un siglo después, Horta de Sant Joan continúa deteniendo el tiempo. Sus calles empedradas, las plazas porticadas y las casas de piedra mantienen la misma calma que cautivó al joven Pablo. Aquí, la memoria no se exhibe: se respira.

En el Centre Picasso d’Horta se pueden ver reproducciones de obras, cartas y fotografías que revelan la intensidad de aquellos veranos. El antiguo convento de Sant Salvador conserva el silencio que acompañaba sus días de trabajo, y justo en las afueras descansa el venerable olivo milenario Lo Parot, que hace más de 2.000 años guarda secretos de viento y de tierra.

La gente del pueblo habla de Picasso con naturalidad, sin grandilocuencias. Su presencia es parte del paisaje, como las rocas o los olivos. Aquí no hay prisas ni rutas comerciales, solo la invitación a mirar con atención y dejarse transformar.

La esencia que no envejece

Horta de Sant Joan es más que un destino de arte. Es un recordatorio de que la inspiración vive en los lugares donde el tiempo se ralentiza. El sol que un día iluminó los cuadros de Picasso aún enciende las fachadas del pueblo con la misma intensidad. El viento que hacía bailar los olivos sigue moviendo las hojas con la misma música.

Los visitantes que llegan a Horta no solo pisan un territorio: pisan una historia. Cada rincón contiene una parte del joven Picasso que, sin saberlo, se preparaba para revolucionar el arte de su tiempo.

Donde todo empezó a tener forma

Todo lo que sé lo he aprendido en Horta.” Esta frase, pronunciada ya hace más de un siglo, sigue rebotando entre las Roques de Benet como un eco fiel. En este rincón de Tarragona, la magia que transformó a Picasso continúa intacta, esperando a aquellos que quieran aprender a mirar de nuevo.

Quizás por eso, quien visita Horta sale con la sensación de que algo ha cambiado. Que la luz pesa diferente. Que las formas se ordenan de otra manera. Que el paisaje habla. Quizás, como el mismo Picasso, también aprenden a ver el mundo con una nueva mirada.

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