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Leah Packard Grams, arqueóloga: «Lo que está en juego es algo de magnitud sin precedentes para la literatura griega»

¿Imaginas un tesoro sepultado bajo toneladas de ceniza durante casi dos milenios, una cápsula del tiempo que nos conecta directamente con la antigua Roma? Hace más de 1900 años, la erupción del Vesubio congeló la vida en Pompeya y Herculano, pero también preservó, casi intacta, una de las pocas bibliotecas del mundo clásico que ha llegado hasta nuestros días.

Pero, ¿qué pasaría si estos conocimientos inestimables fueran prácticamente ilegibles, convertidos en carbón e imposibles de desenrollar sin destruirlos? Este era el desafío definitivo que ha atormentado a arqueólogos e historiadores durante siglos, una barrera infranqueable que ahora, por fin, puede tener una solución.

El secreto de una tinta invisible para el ojo humano

Durante mucho tiempo, el gran obstáculo para descifrar los preciados papiros carbonizados de Herculano era puramente químico. Tanto el papiro quemado como la tinta antigua, hecha de hollín, están compuestos principalmente de carbono. Esto significa que para los rayos X tradicionales, eran prácticamente indistinguibles (sí, como buscar un oso polar en medio de una tormenta de nieve). El contraste era tan bajo que la información permanecía oculta.

La revelación ha llegado de la mano de un equipo de científicos de la Universidad de California en Berkeley y la Universidad de Padua. Liderados por Douglas Seiler, plantearon una hipótesis que lo cambiaba todo: ¿y si los romanos antiguos hubieran añadido metales a su tinta? Esta idea, aparentemente sencilla, ha resultado ser la clave maestra para abrir esta ventana al pasado.

La prueba del plomo: un truco de magia científica

Investigaciones previas ya habían detectado trazas de plomo en algunos fragmentos de papiros, un dato que, si bien pasó desapercibido durante un tiempo, ahora se vuelve imprescindible. El plomo absorbe los rayos X hasta 25 veces más que el carbono. Esto significa que, si la tinta contiene plomo, las letras «brillarían» en un escáner, como la tinta invisible bajo luz ultravioleta. Seiler lo tuvo claro: «Si la tinta contiene plomo, se obtiene una firma enorme y clarísima; por eso es fundamental buscar rollos que contengan plomo».

Hemos estado demasiado tiempo sin poder acceder a estas obras. Ahora, con el plomo como aliado, podremos hacer que la historia hable.

Para confirmar esta teoría sin poner en riesgo los incalculables artefactos originales, Seiler llevó a cabo un experimento audaz. Fabricó sus propios «papiros modernos» con papiro egipcio y tinta tradicional, a la que añadió diferentes concentraciones de nitrato de plomo. Después de pedir a varios estudiantes que escribieran textos (incluso pasajes de Star Wars), los enrolló y los sometió a altas temperaturas en un horno sin oxígeno, replicando el brutal infierno del Vesubio.

El resultado fue un éxito rotundo. Cuando estos pergaminos «quemados» fueron sometidos a tomografía de rayos X 3D (CT) y fluorescencia de rayos X (XRF), las letras ocultas en el interior del rollo cerrado «se iluminaron como un árbol de Navidad», en palabras del mismo Seiler. El truco había funcionado: la tinta que contenía plomo era perfectamente visible.

Una magnitud sin precedentes para la literatura clásica

Aquí es donde entra en juego la visión de la arqueóloga y papirologa Leah Packard-Grams, de la UC Berkeley, que ha sido fundamental en el análisis de la composición química de las tintas antiguas. Ella lo tiene claro: «El valor de este proyecto es prácticamente incalculable. Lo que está en juego es algo de una magnitud sin precedentes para la historia de la literatura clásica». Y no se equivoca.

La inmensa mayoría de los textos clásicos que conservamos son copias de copias, transcritas por monjes medievales a lo largo de los siglos, llenas de posibles errores u omisiones. Los pergaminos de Herculano, en cambio, son la «historia autógrafa», libros directos del mundo antiguo sin intermediarios. Podrían contener obras perdidas de Sófocles, Epicuro o incluso textos fundacionales que cambien nuestra comprensión de la filosofía y la ciencia grecorromana. (¿Imaginas que hubiera un tratado de Aristóteles que nadie ha leído en 2000 años?).

La inteligencia artificial entra en juego: un entrenamiento de alto nivel

Este descubrimiento llega en el momento perfecto, ya que se suma a los titánicos esfuerzos del Vesuvius Challenge, un proyecto impulsado por el científico Brent Seales y el inversor Nat Friedman. Esta iniciativa ya utiliza algoritmos de Inteligencia Artificial para detectar las sutiles texturas de la tinta en escáneres 3D, y ya ha logrado descifrar columnas enteras de un pergamino (el PHerc. 1667) sin abrirlo, revelando un tratado filosófico estoico.

Ahora, los pergaminos de laboratorio creados por Seiler servirán como un «campo de entrenamiento» perfecto para la IA. Al saber exactamente qué dicen los textos falsos quemados, los programadores pueden entrenar sus algoritmos para que sean mucho más precisos y robustos antes de enfrentarse a los auténticos papiros. Esto significa que la IA se está preparando para leer el pasado con una claridad que antes era impensable, y nuestro conocimiento del mundo clásico está a punto de recibir una inyección de contenido viral y fresco.

Estamos ante un cambio de paradigma en la arqueología y la literatura. ¿Cuántas verdades ocultas nos esperan dentro de estos rollos carbonizados?

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