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De 28 a centenares: la increíble recuperación de asnos salvajes en el desierto de Israel en 44 años

Imagina un desierto, un paisaje donde la vida se aferra con desesperación. Ahora, visualiza un retorno espectacular, una hazaña de supervivencia que ha transformado una extensión de tierra árida. Esta es la increíble historia de cómo un pequeño grupo de 28 animales logró multiplicarse hasta llegar a ser cientos en pocas décadas, desafiando cualquier pronóstico.

¿Cómo es posible que unos asnos salvajes, casi olvidados y condenados a la extinción, consiguieran una recuperación tan definitiva en uno de los lugares más hostiles del planeta? Su secreto oculto no es solo resistencia, sino una habilidad innata para reconfigurar su entorno, convirtiéndose en auténticos ingenieros naturales que modelan el ecosistema del desierto.

Estamos hablando de los onagros asiáticos, una subespecie de asno salvaje que ha escrito un nuevo capítulo en el desierto del Néguev, en Israel. Entre 1982 y 1987, las autoridades liberaron solo 28 ejemplares en el cráter de Ramón. A principios de los noventa, se añadieron diez individuos más, consolidando la repoblación inicial. El resultado es un éxito rotundo: un estudio genético de 2021 revela que la población actual ronda los 300 individuos, una cifra sorprendente que ha permitido a estos animales dispersarse por el sur de Israel.

La presencia de estos majestuosos animales no era ajena a la región; los beduinos ya los cazaban por su carne hace siglos. Sin embargo, la presión humana, acentuada por el incremento de población cerca de las escasas fuentes de agua tras la Primera Guerra Mundial, fue demasiado grande. Así, el asno salvaje original desapareció completamente del Néguev en los años veinte, dejando un vacío ecológico que nadie habría imaginado que algún día volvería a llenarse.

Los onagros que hoy galopan por estas tierras no son exactamente los mismos que vivían aquí hace un siglo. Son descendientes de un pequeño grupo que sobrevivió en el zoológico del sha de Irán, trasladado a Israel antes de la revolución de 1979. En la reserva de Hai-Bar Yotvata, en 1968, se estableció un núcleo de cría con 11 animales, mezclando el onagro persa y el kulan de Turkmenistán. Esta mezcla generó animales increíblemente adaptables, que han prosperado sin problemas genéticos. Su tasa de reproducción es notablemente superior a la de otras poblaciones reintroducidas (un truco evolutivo que les ha servido de maravilla).

Pero su verdadero secreto para florecer en un entorno tan árido es un comportamiento que los convierte en auténticos arquitectos del desierto. Cuando las fuentes de agua superficiales se agotan, cavan con sus potentes pezuñas en los lechos secos, persistiendo hasta conseguir agua subterránea. Estos pozos, que pueden llegar hasta dos metros de profundidad, no solo salvan su vida, sino que se convierten en puntos de agua imprescindibles para toda la fauna local, desde pequeños mamíferos hasta aves.

Esta capacidad de ingeniería hidráulica natural tiene un impacto ecológico definitivo, un fenómeno que un estudio de 2021 en Science iluminó con claridad. Esta investigación, centrada en burros y caballos asilvestrados en los desiertos de Norteamérica, demostró que los pozos excavados podían llegar a proporcionar toda el agua disponible en arroyos intermitentes. Además, reducían la distancia entre puntos de agua en un promedio de 843 metros, facilitando el acceso a este recurso vital para el resto del ecosistema. (Sí, nosotros también alucinamos con esta capacidad innata de la naturaleza para encontrar soluciones). Alrededor de estos pozos, se registró una mayor diversidad de especies de vertebrados.

Su influencia va más allá del agua

La acción de los onagros no solo genera agua; al remover el terreno, crean zonas con suelo alterado que actúan como verdaderos semilleros de árboles de ribera. Es decir, no solo proporcionan bebederos, sino que también ayudan a la regeneración vegetal, fomentando la biodiversidad de manera integral. Aunque este impacto concreto aún no se ha cuantificado en el Néguev, el potencial es claramente inmenso, y nos revela una complejidad natural que a menudo pasamos por alto.

Estos onagros son como los átomos de Heisenberg; al observarlos, podemos alterar lo que están haciendo. Su supervivencia depende también de nuestra observación y, por tanto, de nuestro cuidado.

Pero, ¿cómo monitorear a unos animales tan esquivos y desconfiados con las personas? Los investigadores utilizan dispositivos GPS y analizan sus excrementos para obtener datos sin interferir con su comportamiento natural. Como bien resumió el genetista Alan Templeton, estos onagros son como los «átomos de Heisenberg», porque «al observarlos puedes alterar lo que están haciendo». Una verdad que nos recuerda el delicado equilibrio entre la ciencia y la conservación. (Un error sería creer que solo su fuerza los ha salvado).

Un modelo de éxito para la naturaleza

La historia de los onagros asiáticos en el Néguev es un secreto revelado de la resiliencia de la naturaleza y de cómo una pequeña intervención humana puede desencadenar consecuencias inesperadas y profundas. Es un recordatorio potente de que cada ser vivo, incluso un asno salvaje, tiene un papel imprescindible en el equilibrio de nuestro planeta. Esta hazaña nos abre los ojos a la complejidad de la vida salvaje y a la importancia de conservar especies que, sin quererlo, son verdaderos arquitectos de su entorno, capaces de encontrar soluciones donde nosotros solo vemos un desierto. ¿Quién habría dicho que un simple pozo podía ser la clave para la vida de tantas especies?

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