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Arturo Pérez-Reverte, a sus 74 años, confiesa sus raíces: «Nací en un puerto, vengo de familia de marineros. Soy español, pero sobre todo mediterráneo»

Arturo Pérez-Reverte no es solo uno de los escritores más reconocidos y admirados del panorama literario actual; se ha convertido en una verdadera icona, un referente cultural que muchos siguen con atención. Su autoridad, tanto en la ficción como en la opinión pública, es incuestionable, pero hay un secreto oculto detrás de esta figura tan influyente que quizá desconocías. Los orígenes de su fuerte personalidad y su visión del mundo son mucho más sorprendentes de lo que parece a primera vista.

¿Qué modeló la mente de este maestro de la narración y el pensamiento crítico?

Con 74 años, el mismo autor ha abierto la puerta a su intimidad, revelando las raíces profundas que lo definen: nació en un puerto, proviene de una familia de marineros, y, por encima de todo, se siente profundamente mediterráneo. Esta confesión es la clave definitiva para comprender su obra y su manera de estar en el mundo, una revelación que nos conecta con su esencia más pura. Es la pieza que faltaba para completar el puzle de su genialidad.

Este secreto de su formación nos transporta a un pasado que ya no existe. Su infancia transcurrió en Valle de Escombreras, un pueblo fantasma que hizo historia al ser el primero en albergar una refinería de petróleo en la península Ibérica, de la mano de la empresa REPESA. Este asentamiento, que tuvo vida entre los años 50 y 60, acogió a más de 3,000 personas, convirtiéndose en un experimento sociológico sin precedentes, tal como él mismo explicó en una de sus célebres columnas para ‘XL Semanal’. (Nosotros también nos preguntamos cómo debía ser aquello de vivir en un lugar así, lleno de historias únicas).

Lo interesante de este poblado es que trabajadores de diferentes estratos, desde directivos hasta obreros, compartían con equidad todos los servicios básicos y de ocio. Comercios, escuela, iglesia, casino, cine, transporte e instalaciones deportivas eran comunes para todos. Esta conveniencia forzosa, donde las diferencias sociales se diluían en la cotidianidad de manera inesperada, creó un tejido social particularmente rico y complejo, muy diferente de lo que se vivía en el resto de España en aquella época convulsa.

Me siento más en casa en un café de Beirut, de Estambul, de Sicilia, de Cartagena o de Túnez, que en Róterdam, en París, en Londres o en Nueva York. El Mediterráneo es mi hogar.

Pérez-Reverte recuerda con nostalgia aquella época, describiéndola como un auténtico «paraíso» donde todo parecía posible. Los niños, independientemente de la posición social de sus padres, crecían juntos, jugaban en grupo por campos, montañas y la orilla del mar, y asistían al mismo colegio de primaria. Este entorno, donde se forjaron los primeros juegos, los primeros amores y las primeras aventuras, fue fundamental para su desarrollo personal e intelectual.

Fue allí, en aquel pueblo singular que ya no existe, donde el futuro escritor comenzó a entender las complejidades del ser humano, la convivencia y las dinámicas sociales que tan bien ha sabido plasmar en sus obras. Es la base oculta de su perspicacia y su profunda comprensión de la condición humana. Esta experiencia temprana es una de las claves ineludibles para descifrar su narrativa.

Su vida junto al mar

Este arraigo al mar y a la vida portuaria marcó su alma con un «gen aventurero» que nunca lo ha abandonado. Desde joven, las travesías marinas, ya fuera a bordo de petroleros o de su propio velero, fueron una constante en su vida. Como él mismo explica, durante 21 años vivió «en la isla de los piratas», una experiencia que, aunque diferente de lo que imaginaba, le sirvió de fuente de inspiración inagotable para sus novelas. Cada viaje, cada puerto, ha ido dejando su huella, enriqueciendo su perspectiva y su manera de entender el mundo.

Esto nos hace reflexionar sobre cómo nuestras propias vivencias, a menudo inesperadas y llenas de giros, se convierten en nuestro tesoro más grande, en la materia prima de quiénes somos y de lo que podemos llegar a ser. Este sentimiento de pertenencia al Mediterráneo es tan fuerte que Pérez-Reverte confiesa sentirse más en casa en un café de Beirut, Estambul, Sicilia, Cartagena o Túnez que en ciudades como Róterdam, París o Nueva York. El alma del mar lo llama constantemente.

Un retorno constante al origen

Esta conexión con el Mediterráneo no es solo geográfica; es una cuestión de identidad profunda y de sentimiento de pertenencia. De todos sus viajes, hay un país que siempre lo ha acogido con los brazos abiertos: Italia. Allí, dice, «no estoy solo nunca, aunque sea tomando café o mirando a la gente me siento acompañado». Este sentimiento de compañía y familiaridad lo hace volver siempre que puede, aunque ningún lugar puede competir con la llamada de su propio mar.

Como él mismo expresa con una sabiduría que trasciende, «uno intenta regresar allí donde fue feliz, allí donde proviene, como volver al hogar para morir». Esta frase, llena de melancolía y urgencia, nos revela la necesidad universal de reconectar con nuestras raíces, con aquellos lugares y momentos que nos formaron. Es un viaje de regreso que todos, de una manera u otra, debemos hacer.

Entender de dónde viene un gigante literario como Arturo Pérez-Reverte es más que una simple anécdota; es una oportunidad única para comprender mejor la sabiduría, la fuerza y la profundidad que destila en cada una de sus palabras. Esta lectura no solo te ha revelado un secreto vital del maestro, sino que te ha dado una nueva clave para disfrutar de su obra con una perspectiva mucho más rica. Ahora, su voz sonará diferente.

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