Hay escenarios subterráneos que funcionan como auténticas cápsulas del tiempo, escondites geológicos donde la historia más remota se ha conservado prácticamente intacta durante miles de años bajo tierra. Esto es exactamente lo que ocurrió en una cavidad de Cantabria, un espacio cerrado a cal y canto que ahora nos permite observar de cerca las costumbres de nuestros antepasados más antiguos. (Sí, nosotros también alucinamos con el nivel de detalle que se ha encontrado en este yacimiento).
En el suelo de esta cueva, en la zona conocida como la Galería Inferior de La Garma, un equipo de investigadores encabezado por Marián Cueto localizó nueve pequeños huesos de un superdepredador prehistórico ya extinguido. (No hablamos de un animal cualquiera, sino de un león de las cavernas).
El descubrimiento que cambia la perspectiva sobre el pasado
El descubrimiento, publicado en la revista Plos one, puso sobre la mesa un detalle fascinante que pasó desapercibido hasta un análisis riguroso. De los nueve fragmentos óseos recuperados, ocho presentaban marcas de corte hechas con herramientas de piedra que seguían un patrón extremadamente preciso y repetido. (Parece mentira que hace milenios ya existiera tanta técnica).
El estudio realizado por el personal investigador de la Universidad de Cantabria detalla que estos pequeños cortes se agrupaban de manera oblicua y se concentraban directamente en las articulaciones. De hecho, el análisis concluyó que estas huellas encajaban de manera milimétrica con el proceso necesario para separar las garras del resto de las patas mediante la sección de tendones y ligamentos.
Para entender la magnitud del proceso, los autores señalaron que la técnica coincide con los cortes que hoy día se aplican en cirugía veterinaria para extirpar las uñas de un felino doméstico. (Y sí, recuerda exactamente al método que emplean los cazadores actuales cuando quieren mantener las zarpas perfectamente unidas a la piel).
Estructuras de piedra y un posible uso simbólico
La ubicación de estos huesos tampoco era casualidad, ya que se encontraban muy cerca de los restos de una cabaña de piedra levantada durante el Magdaleniense medio, hace aproximadamente entre 17.000 y 15.000 años. (Una evidencia clara que nos acerca directamente a la vida cotidiana del Pleistoceno superior).
Lo más curioso de todo este rompecabezas es que en el yacimiento solo aparecieron falanges correspondientes a las garras, sin ningún otro rastro del resto del cuerpo del felino. Esta ausencia total del resto del esqueleto llevó a los científicos a plantear una hipótesis muy concreta sobre cómo llegó la pieza hasta allí.
Según esta teoría, la piel del gran depredador habría llegado al interior de la cueva con las zarpas aún conectadas, quizás con la intención clara de extenderla cubriendo el suelo o una de las estructuras de piedra encontradas en el yacimiento. (Aunque la dimensión simbólica o ritual no se puede demostrar del todo, los paralelismos con el arte paleolítico de otras zonas de Europa dejan la puerta abierta a esta interpretación).
El nivel de precisión encontrado en estos huesos demuestra que nuestros antepasados dominaban a la perfección el aprovechamiento de la fauna.
Una evolución marcada por la disminución del tamaño
La presencia de estos grandes felinos en la península ibérica no se limita solo a este punto concreto, sino que se amplía a través de numerosas localidades estudiadas por la comunidad científica. Un trabajo publicado en Munibe Antropologia-Arkeologia por Pedro Castaños Ugarte elevó hasta 56 los yacimientos documentados en la península, confirmando que el norte peninsular concentra el grueso principal de registros.
A través de la comparación de dientes y huesos procedentes de diferentes puntos como La Pasiega o Artazu VIII, los investigadores pudieron confirmar una tendencia global en Europa. (El tamaño de estos majestuosos animales fue disminuyendo progresivamente desde el Pleistoceno medio hasta el final del Pleistoceno superior).
Aunque la desaparición definitiva de la especie se calcula alrededor de hace 14.000 años, la discusión sobre si la intervención humana y la caza fueron un factor determinante continúa abierta. (De momento, nos quedamos con la certeza de que la ciencia no deja de llenar huecos de nuestro pasado más remoto).
