La historia de la medicina tiene capítulos que preferiríamos no haber abierto nunca. Hoy miramos hacia atrás y vemos avances, pero hubo una época en la que el tratamiento médico dependía, literalmente, de los parásitos que tenías pegados al cuerpo.
Hubo un oficio, hoy olvidado por completo, que consistía en poner en riesgo la propia salud solo para alimentar la demanda insaciable de los hospitales. Estamos hablando de los recolectores de sanguijuelas.
¿Quiénes eran estos profesionales del riesgo?
No eran médicos ni boticarios. Solían ser mujeres de estratos sociales muy bajos que, ante la falta de oportunidades, veían en los pantanos una manera de ganarse la vida. (La realidad era mucho más cruda de lo que imaginas).
Su herramienta de trabajo no era un bisturí, sino sus propias piernas. Se adentraban en aguas estancadas, limosas y llenas de peligros esperando que las sanguijuelas se adhirieran a su piel. Era la única manera de atraparlas en cantidad suficiente para venderlas después.
La medicina del siglo XVIII y XIX estaba obsesionada con la sangría. Creían que cualquier dolencia, desde un dolor de cabeza hasta una fiebre alta, se curaba extrayendo sangre. Y las sanguijuelas eran el instrumento estrella de esta práctica.

El precio de una vida entre pantanos
El mercado estaba al rojo vivo. Los hospitales llegaban a importar millones de ejemplares al año para satisfacer la demanda de los médicos más reputados. Para los recolectores, cada sanguijuela era una moneda.
Pero el costo físico era demoledor. Estas trabajadoras sufrían constantes infecciones, anemia severa y cicatrices permanentes debido a las mordeduras constantes. Muchas ni siquiera llegaban a la mediana edad por las enfermedades contraídas en las zonas donde habitaban los parásitos.
Se dice que algunas mujeres utilizaban caballos viejos como cebo, llevándolos a los pantanos para que las sanguijuelas se pegaran a sus patas. Era una manera de proteger sus propias vidas, pero el resultado final seguía siendo el mismo: una industria basada en la explotación biológica extrema.
Cuando la cura era el problema
Es curioso pensarlo hoy, ¿verdad? Durante décadas, fuimos nosotros, los seres humanos, quienes diseñamos un sistema para que los parásitos fueran el eje de nuestra salud. Lo que para nosotros hoy es una pesadilla de terror médico, para ellos era la última tecnología en terapias de drenaje.
Lo más irónico es que, mientras los médicos hablaban de «equilibrio de humores», estas mujeres luchaban por no desmayarse en el lodo. El sistema médico prosperaba gracias a un eslabón que nadie quería ver ni reconocer en los tratados de la época.
Si alguna vez pensaste que el mundo laboral es difícil hoy, piensa en el silencio que rodeaba a estas figuras. No tenían sindicatos, no tenían protección, solo un puñado de sanguijuelas en un frasco de vidrio que valía más que su propia jornada de trabajo.

El fin de una era terrorífica
Afortunadamente, el avance de la ciencia y la comprensión de las bacterias marcaron el fin de esta práctica. A medida que entendimos qué causaba realmente las infecciones, la moda de las sanguijuelas cayó en picado. (A todos nos da un respiro saber que esto terminó).
Hoy, las sanguijuelas se utilizan en microcirugía para revascularizar tejidos, pero el método de obtención no tiene nada que ver con aquellas mujeres sumergidas en pantanos. Es un recordatorio de que, a veces, el progreso médico ha pasado por caminos increíblemente oscuros.
¿Qué te parece conocer este lado tan turbio de nuestra historia? A veces, saber de dónde venimos nos hace valorar un poco más la seguridad de la medicina moderna.

