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Arqueólogos descubren la cueva prehistórica más alta de los Pirineos: Nos obliga a replantear el papel de la alta montaña

La Alta Ribagorça nos acaba de dar una lección de humildad. Hasta ahora, pensábamos que nuestros antepasados miraban las cumbres de los Pirineos con miedo, desde la seguridad de los valles. Nos equivocábamos totalmente.

Un grupo de arqueólogos de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) ha localizado la cueva con presencia humana más alta de toda la cordillera. (Sí, a más de 2.000 metros de altura, donde el aire quema y el frío no perdona).

El yacimiento de las Coves de Fem: un tesoro a 2.100 metros

El descubrimiento se ha producido en el Parque Nacional de Aigüestortes y Estany de Sant Maurici. No estamos hablando de un simple refugio de paso. Las excavaciones confirman que el hombre prehistórico hacía vida recurrente allí.

Se trata de una cavidad situada exactamente a 2.150 metros de altitud. Para que tengas una referencia: es prácticamente tocar las nubes con los dedos. Nunca se había documentado nada parecido a esta cota en la península.

Los investigadores han encontrado herramientas de pedernal y restos de hogueras que datan de hace miles de años. Esto demuestra que la «conquista de la alta montaña» comenzó mucho antes de lo que decían los libros.

¿Por qué este descubrimiento nos obliga a reescribirlo todo?

Siempre nos habían vendido la idea de que la prehistoria era una lucha por la supervivencia en zonas bajas y cálidas. Pero estos restos sugieren que aquellos humanos eran auténticos especialistas en climas extremos.

Subir hasta aquí arriba no era ninguna broma. Requería una logística impecable, conocimiento de la fauna y, sobre todo, una resistencia física que hoy nos parecería sobrehumana.

El estudio, liderado por el equipo GAAM, apunta que estos grupos subían a las cumbres para explotar recursos estacionales. Cazaban rebaños que otros depredadores no se atrevían a seguir.

El análisis de los sedimentos revela que la ocupación no fue un accidente. Hay diferentes capas que indican que, generación tras generación, volvían a este mismo punto de la Alta Ribagorça.

La «letra pequeña» de una vida entre rocas y nieve

Vivir a 2.100 metros implica enfrentarse a cambios de tiempo radicales en cuestión de minutos. ¿Cómo lo hacían? Los arqueólogos creen que la cueva era un centro logístico estratégico.

Se han recuperado restos de fauna consumida, lo que indica que no solo dormían allí, sino que procesaban la carne y las pieles. Eran una unidad de producción en plena naturaleza salvaje.

El descubrimiento pone en duda la teoría de que la trashumancia o el uso de la alta montaña fue una invención mucho posterior. La ambición humana ya quería tocar el cielo hace milenios.

Este yacimiento abre la puerta a encontrar nuevas cuevas en cotas aún superiores. La arqueología de montaña está viviendo su edad de oro gracias al retroceso de algunos sedimentos por el cambio climático.

El impacto en nuestro futuro (y en nuestro pasado)

Entender cómo se adaptaban a la escasez de oxígeno y al frío intenso nos da claves sobre la plasticidad biológica de nuestra especie. No somos tan frágiles como pensamos.

La investigación continuará durante las próximas campañas de verano, cuando la nieve permita volver a excavar. Los científicos esperan encontrar restos de ADN que confirmen el parentesco con los habitantes de la costa.

Es posible que el Pirineo no fuese una barrera, sino una autopista de recursos para aquellos que eran lo suficientemente valientes para subir.

Este descubrimiento nos recuerda que, por mucha tecnología que tengamos, nuestro impulso por explorar lo imposible ya venía de serie en nuestro código genético.

A partir de ahora, cuando mires hacia una cumbre de 2.000 metros, recuerda que alguien ya hizo una hoguera allí hace 10.000 años. No estabas tan solo como pensabas, ¿verdad?

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