Si has paseado recientemente por las playas de Sant Martí d’Empúries, es probable que te hayas topado con un espectáculo visual hipnótico: miles de diminutas criaturas de un azul intenso alfombrando la arena. No es contaminación, es la naturaleza recordándonos que la primavera está cerca.
Este fenómeno tiene nombre propio: Velella velella, conocidas popularmente como «barquetas de Sant Pere». Aunque su aspecto delicado y su color brillante parecen sacados de un cuento, en realidad se trata de unos fascinantes hidrozoos, parientes lejanos de las medusas y los corales que viven en alta mar.
Navegantes a merced del viento
Lo que hace únicos a estos organismos es su «sistema de navegación». Tienen un cuerpo plano de apenas unos centímetros coronado por una estructura rígida en forma de vela. Gracias a ella, aprovechan el viento para desplazarse por la superficie del océano, formando inmensas colonias que funcionan como auténticas islas biológicas.
Pero, ¿cómo han acabado varadas en la Costa Brava? La respuesta está en el clásico «temporal de las habas». Este episodio de vientos de levante, típico de finales de invierno, actúa como un motor implacable que empuja estas colonias desde alta mar hasta la orilla, dejándolas atrapadas en la arena.
¿Debemos preocuparnos por las picaduras?
Al verlas extendidas por la playa, es normal preguntarse si son peligrosas. La respuesta corta es que puedes estar tranquilo: aunque tienen tentáculos urticantes para capturar zooplancton, su picadura es prácticamente inofensiva para los humanos.
Aunque sean inofensivas, siempre es recomendable evitar tocarlas directamente para prevenir posibles irritaciones en la piel, especialmente si tienes sensibilidad cutánea.
Un espectáculo cíclico pero imprevisible
Las llegadas de Velella velella no son una anomalía; forman parte del ciclo natural del Mediterráneo al inicio de la primavera. Sin embargo, su intensidad varía drásticamente cada año, dependiendo totalmente de la caprichosa combinación de vientos y corrientes marinas.
Es un ciclo de vida nómada: pasan sus días a la deriva en el inmenso azul, hasta que el destino —o una racha de viento más fuerte de lo habitual— las deposita en nuestras playas. Allí, su ciclo acaba convirtiéndose en alimento para las aves marinas o secándose bajo el sol, cerrando un episodio más de la siempre sorprendente vida en nuestro Mediterráneo.
